Guerra energética en Europa
Guerra energética en Europa

Guerra energética en Europa

Después de la fuerte demanda post pandemia de materias primas y de los más de seis meses de guerra en Ucrania la escalada de precios de la energía, la espiral inflacionista y la subida de los tipos de interés conforman una tormenta perfecta para el empobrecimiento de la población europea.

La guerra a las puertas de Europa está creando una fuerte tensión e inestabilidad en una UE que tiene que reaccionar de forma conjunta y contundente poniendo freno al alza de los precios, comenzando por el del mercado eléctrico. Si no lo hace cada Estado miembro hará lo que le parezca más oportuno y, como en los primeros meses de gestión de la pandemia de la Covid-19, la situación será esperpéntica, descoordinada e ineficiente. Hay que recordar que, actualmente, la UE es club de 27 países con intereses divergentes. Un ejemplo claro y próximo es lo MidCat, un proyecto que enfrenta Francia con el Estado español y Alemania. Un proyecto que la Comisión europea rechaza financiar y que los ecologistas consideran medioambientalmente insostenible y que no resolvería el problema del suministro de gas. Así mismo, la dependencia del gas ruso no es la misma entre los socios europeos donde a algunos la desconexión les puede costar muchas penurias y sufrimiento.

Hay que recordar también que los beneficios record de las grandes corporaciones energéticas no han sido puestos en entredicho por las instituciones europeas hasta que la situación se ha convertido en insostenible, cuando se augura un otoño caliente en cuanto a movilizaciones y un invierno muy duro si se prolonga la guerra y hay un corte total del gas ruso. Esta lentitud en la reacción no es tan solo consecuencia de la burocracia en la toma de decisiones dentro del club europeo, sino que también viene condicionada por el fenómeno de las puertas giratorias a través del cual mandatarios públicos acaban en los consejos de administración de las grandes empresas energéticas, a la vez que estas conforman lobbies de presión para defender sus intereses en Bruselas.

Por otro lado, la propuesta de la UE de transición energética a un modelo sostenible llega deprisa y corriendo, tarde y mal. En este sentido, las inversiones en centrales nucleares y plantas de gas serán reconocidas temporalmente como respetuosas con el clima después de ser aprobadas por el Parlamento Europeo –de forma muy ajustada– como tecnologías necesarias para facilitar la transición energética. Una decisión controvertida que llegará a los tribunales por las demandas de los ecologistas y que ha sido tomada por las instituciones europeas en un intento desesperado de cumplir con los plazos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Una propuesta que equivale a un lavado de cara verde o greenwashing de estas industrias y que responde a los intereses franceses con la energía nuclear y a los alemanes en cuanto al gas. Empieza un nuevo curso político europeo de alta tensión con una guerra energética que pone más presión a la ya frágil unidad de acción europea. Una crisis que agrava la inestabilidad una vez superados los años más difíciles de la pandemia y que puede sumir a Europa en una nueva recesión con consecuencias sociales nefastas para familias, trabajadores y empresas.

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