Las guerras del hambre
Las guerras del hambre

Las guerras del hambre

La situación pospandemia, las consecuencias del cambio climático y las guerras están empeorando la situación de hambre en el mundo. Estas crisis se añaden además a factores como la pobreza, las desigualdades, la falta de infraestructuras, la baja productividad agrícola y la inestabilidad política que contribuyen por sí solos al hambre crónica y la vulnerabilidad. Una grave situación a la que se suma el conflicto de Ucrania y la crisis de refugiados en Europa.

A causa de los conflictos, la violencia, las sequías y los desplazamientos forzados, la tierra de cultivo es abandonada en muchos países. En la edición de 2022 del informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo de Naciones Unidas se constata que se está produciendo un retroceso en los esfuerzos para eliminar el hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición en todas sus formas de aquí a 2030, alejándose así de la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En la misma línea, el informe el Índice Global del Hambre señala que 828 millones de personas estaban desnutridas en 2021, el año de referencia del estudio, lo cual representa un revés después de más de una década de avances. Estos informes explicitan que la situación de hambre es grave tanto en el sudeste asiático como en los países africanos en el sur del Sáhara. Una situación que la guerra en Ucrania tiene el potencial de continuar agravando en 2023 y más allá.

Ucrania y Rusia están entre los mayores productores y exportadores agrícolas a nivel mundial; representan casi un tercio del comercio de trigo y cebada y la mitad del mercado de aceite de girasol. En este sentido, la guerra ha empujado al alza todavía más los precios globales de los alimentos, los combustibles y los fertilizantes; está provocando la interrupción del suministro y una gran volatilidad de los precios a nivel mundial. A esto se suma que muchos países dependen en gran medida de las importaciones de Rusia y Ucrania. Más concretamente, un total de 14 países de renta baja o media-baja importan más del 50% de su trigo de estos países, algunos de los cuales son los que se enfrentan a graves crisis humanitarias. Una tesitura perversa que sitúa el hambre como arma de guerra.

Que el mundo produce suficientes alimentos es una obviedad y, por lo tanto, el hambre y la malnutrición no son el resultado de cantidades inadecuadas de alimentos, sino de la inacción política que restringe el acceso de las personas a una alimentación adecuada. Así mismo, hay que movilizar recursos financieros hacia un sistema humanitario global tensionado pero, también, hay que responder a las raíces de las crisis alimentarias y poner fin a las prácticas de seguridad, comerciales y financieras que responden a los intereses de las potencias mundiales que perpetúan las desigualdades que alimentan los conflictos y aumentan la vulnerabilidad de las regiones más empobrecidas. Una respuesta urgente es imprescindible para evitar millones de muertes por desnutrición y falta de alimentos; y frenar una catástrofe humanitaria de dimensiones todavía desconocidas.

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